Marcel·lí Antúnez

Barcelona, 21 de junio de 2018

Recuerdo el primer día que abrió la puerta al Marcel·lí Antúnez. La Fura me sonaba claro, pero él y su trayectoria no. De entrada me impactó, todo serio dice “Hola, he quedado con Cristina Sampere” y él y su bigote tan característico pasan por delante de mí.

Nos reunimos los 3, Cristina, él y yo. Vamos a hablar de un nuevo proyecto: Traspasando muros. Esto era un 15 de febrero y 4 meses después, con la primera edición del proyecto a punto de llegar al final, hemos hablado distendidamente con Marcel·lí.

Mi perspectiva sobre él ha cambiado, lo he conocido como artista y un poco más como persona.

Llegamos con Rosor a su estudio, situado en medio del Raval (este estudio que tan a menudo he frecuentado últimamente), libreta y cámara en mano. Nos recibe con su camisa y se sienta sobre un sofá de flores -el sofá de la siesta, como lo llama él- alegando que así estará más cómodo. Y nosotros, cara a cara, empezamos con la pregunta:

¿Quién es Marcel·lí Antúnez?

¿En serio? Se rie.

Es una definición cambiante. Uno es muchas cosas en la vida. Básicamente un artista, entendiendo que el arte es un espacio de libertad. Me he interesado por muchas cosas y, como por desgracia ya tengo una edad, también tengo un curriculum. Empecé a los 80 ‘como cofundador de la Fura dels Baus con otros colectivos que vendrían después como Error genético o Los Rinos. En los 90 ‘me intereso por la tecnología y la performance y de esta manera se van configurando los proyectos que me interesan más ahora.

Desde hace 5-6 años empiezo a adentrarme en propuestas más transversales, como Traspasando muros (o Revolupia, como lo llamo yo). En cierto modo, este bebe de todos los trabajos que he hecho antes.

Después de que el mismo Marcel·lí nos aclare quién es, le preguntamos si cree que el arte y la cultura pueden transformar la sociedad. Su respuesta es clara:

De entrada creo que los problemas de la sociedad deben resolverlos los políticos y que la política debería estar hecha por la gente. No creo en la idea del arte como solución a problemas reales, porque es mentira. Una vez que las necesidades están cubiertas podemos ocuparnos del arte, entendiendo que el arte crea un espacio simbólico. Yo entiendo el ser humano como simbólico y las sociedades como productoras de su propio mundo simbólico.

Seguimos hablando con él y nos preguntamos cómo un artista como Marcel·lí Antúnez, que ha liderado proyectos de La Fura que en su momento rompieron moldes, ha llegado a trabajar con jóvenes internos de un centro de justicia juvenil.

No estoy haciendo cosas tan diferentes de las que hacía en los 80′. En el fondo, se trata de intentar mejorar la situación de la gente y en el caso de los chavaless, si alguno se queda con la idea de que hay un mundo más allá de lo que conocen, ya es suficiente. Porque, además, creo que lo han disfrutado. Lo que a mí me ha interesado es este intercambio, vinculado al proceso creativo individual o colectivo.

De hecho, yo no diría que estos chavales sean un colectivo complicado, creo que hay cierta mitificación. Por un lado hay una realidad, la de nanos emprendedores, que en algunos casos han llegado a España bajo un camión. Estos chavales tienen una capacidad de resolución de su propia vida acojonante y han delinquido, porque es la única forma que tenían de hacer frente a su situación. Y la otra es la realidad aquí, chavales malcriados, no aceptados por los padres, que no los querían, tienen un “karma mucho más chungo”. Todos están en un momento muy particular de su vida, los educadores los tratan muy bien, con una mano izquierda increíble.

Y ya que no nos cuenta ninguna anécdota, como le habíamos pedido, dejamos que diga lo que le dé la gana:

El proyecto me ha parecido muy difícil porque he tenido que inventar semana tras semana. Roser (directora educativa de Can Llupià) ha tenido un papel fundamental, porque ha sido muy versátil. Quizás más adelante veremos el resultado de todo esto.

Estoy contento, ahora que hemos llegado al final. El mural es de puta madre, una inyección vital, un mural que transforma el espacio donde habitan y que quedará para quienes lleguen más adelante. No me parece que sea tan importante lo que nos aporten los chavales, lo que es interesante es que sean ellos quienes suban a nuestro nivel, allomos del caballo de la experiencia, la que se supone que ellos han adquirido. Aquí es cuando se produce el intercambio.

Acabamos con la sesión de fotos. Ojos cerrados, ojos abiertos. Hablamos de vino y de Palamós.

Carla Camacho / Rosor Foret
Barcelona, 21 de junio de 2018