Roser Fernández

Barcelona, 19 de juny de 2020

Entrevistamos a la Coordinadora Docente del Centro Educativo de Justicia Juvenil Can LLupià, Roser Fernández,  con quien hemos coordinado el proyecto “Traspassant Murs” (Traspasando Muros) desde 2017. En esta entrevista, Fernández, nos explica cómo este proyecto ha conseguido cambiar conductas o mejorar la vida de estos jóvenes internos.

¿Quién es Roser Fernández?

Soy una mujer de cierta edad. Hace muchos años que me dedico en el mundo de la educación; he trabajado en centros, escuelas e institutos y siempre dentro del mundo de la educación pública. Mi signo de identidad es siempre apostar por la educación pública. Creo en la educación global desde la base que forma comunidad, una comunidad viva, vinculante, progresiva y donde trabajar en red es indispensable, no solo con los municipios sino también con los ayuntamientos, familias, asociaciones, comunidades, hospitales, empresas, recursos, fundaciones, instituciones y departamentos que forman parte.

La educación es el corazón de la vida, para mí sin educación no existiría el mundo. Es la manera como tú coges un niño pequeño, lo dejas en el mundo y a partir de aquél momento todos formamos parte del camino de este niño que se hará mayor, y que se desarrollará. En este camino de la vida, la educación es siempre presente. Tú te estás educando desde que naces hasta que te mueres, creo que necesitamos vivir en educación. La educación es cultura, trabajo, emoción, vivencia, diálogo, respeto, valores y libertad. También son estigmas y es dolor, es vida y muerte. La educación para mí es todo y ligamos múltiples valores como la cultura y las artes. Por eso, entiendo que en esta etapa de mi vida que me estoy dedicando a los jóvenes en riesgo de exclusión social, la educación es la herramienta más importante de la que dispongo.

 ¿Qué representa para tí colaborar con la Fundación Setba?

Para mí trabajar con la Fundación Setba ha sido un encuentro extraordinario. Cristina, la directora de la Fundación Setba, y yo coincidimos en momentos concretos y descubrimos que teníamos caminos de los cuáles se podían cruzar conjuntamente y que los intereses y deseos iban más allá de órdenes establecidas. Mi idea en aquel momento era ofrecer desde un lugar cerrado una ventana a la cultura, posibilidades… ya veníamos de hacer algún proyecto pero queríamos algo que diera sentido en la vida de aquéllos jóvenes, en su día a día y en aquélla educación no formal que es tan diferente y a la vez necesaria.

Cristina en aquel momento se cruzó en mi vida con las propuestas de la Fundación Setba. Yo conocía la Fundación desde hacía poco, de alguna exposición que había hecho y seguía especialmente su objetivo de fundación que trabaja con colectivos desfavorecidos o especial sensibilización. Pero si hablamos del proyecto “Traspassant Murs”; es la culminación de un sueño. Hemos podido hacer realidad un proyecto de una manera maravillosa, integradora, libre, con cultura, arte, color y vida. Ha sido un encuentro que creo que continuará mucho de tiempo y que resume mucho el espíritu de Setba. Me encuentro muy a gusto porque coincidimos con los valores y esto es importante. Unos valores integradores, sin ánimo de lucro. Miras los objetivos, el programa y la filosofía de la Fundación y dices sí! Las exposiciones al metro, la presentación al Liceu de las fotografías sobre violencia machista, el bosque… Todo forma parte de tus ojos y tu manera de entender y es cuando dices bingo! Coincido plenamente. Me encuentro muy bien tratada, tienen mucha cura en ciertos aspectos porque estamos hablando de una diversidad especial, tanto sea funcional como mental, y esto lo tienen mucho en cuenta.

¿Qué perfiles de menores se encuentran en “Can Llupià”?

“Can Llupià” se creó el 2007 y fue el primer centro de menores en Barcelona. También es lo primero que se creó con unas condiciones de trabajo en red, con lo cual muchos profesionales atienen estos jóvenes que, durante un proceso de su vida o por una causa judicial, tienen que entrar en el centro.

Cuando conocemos a un joven, le hacemos un traje a medida educativamente hablando y trabajamos todos estos problemas emocionales, psíquicos, de conducta, de trastornos tanto educativos como mentales, también de consumo; hablamos de familias mayoritariamente muy pobres, que no tienen acceso a recursos económicos y sociales y que se ven desbordadas.

España ha tenido muchas crisis, y cada vez que hay una se desestabilizan las familias, se agravian los problemas y los chicos jóvenes lo sufren. Hay carencias en esta sociedad según mi parecer y experiencia falta un fuerte acompañamiento con adolescentes; hace muchos años que trabajo y falta cura, apoyo emocional y presencia física y comprometida de adultos, creo no se piensa sistémicamente y estos jóvenes son parte del futuro. Los jóvenes que vienen del norte de África vienen para quedarse y trabajar y les tenemos que dar la bienvenida, ayudarles y prepararles. Es un deber humano. Bien que miramos ONG’s y nos solidarizamos con los griegos y con los otros cuando aquí también tenemos problemas, quizás estaría bien empezar para mirar hacía adentro.

En “Can Llupià” tenemos jóvenes entre los catorce y los veintidós años. Estos de veintidós años están porque el delito lo han cometido cuando eran jóvenes. Las causas son muy variadas y la sentencia viene impuesta por un juez. Como que es un centro de entrada, en “Can Llupià” los jóvenes están poco tiempo (entre 3 y 6 meses) y por tanto, tenemos que actuar rápidamente. En este poco tiempo tenemos que hacer un plan de choque brutal; quizás tiene una enfermedad mental que no se había detectado y tenemos que trabajarlo, curar y hacer todo un plan de acuerdo con los centros sanitarios del territorio. Si es educacional se tiene que organizar para que al salir vuelva a una escuela, instituto o donde le toque. Si es un problema de consumos, se trabaja también con hospitales como seria “Sant Joan de Déu” y cuando salga vaya a hacer sus terapias correspondientes.

Hasta hace poco en “Can Llupià” también habían chicas, ahora están todas en el Centro “Els Til·lers”. Las chicas son un número muy bajito y las causas son otras. Por desgracia son las grandes olvidadas, por eso hay una parte que estaba muy bien con Setba, puesto que la pintura les permitía identificarse.

¿Cómo trabajáis en “Can Llupià”?

Es muy importante, en función de la edad, les damos un plan educativo donde lo englobamos todo: socioemocional, psicológico y laboral. No es lo mismo un chico de 14 años que uno de 17 o 19. Para los que son más mayores, tenemos clara la actividad formativa laboral. Nosotros tenemos cinco talleres laborales, dos de hostelería y barista. Los jóvenes cuando salen pueden salir a ganarse la vida y descubrir el mundo laboral y esto es una parte muy importante de “Can Llupià”, aparte de la educativa que se hace en las aulas. Para los más adultos, los jóvenes de 17, 18 o 19 pueden salir con un papelito que dice que aquél joven puede ir a un bar, que puede hacer de camarero y a la vez completar los estudios o puede ir a otro centro para hacer un PFI (Plan de Formación e Inserción) que es muy importante para todos los jóvenes que no han podido acabar la ESO. Hay muchas posibilidades dependiedo de la edad, pero siempre el objetivo es rellenar el plan de este joven y que cuando salga tenga esperanza, que haya mejorado como persona y devolverlo a la sociedad con un plan que le ayude.

Por lo tanto, “Can Llupià” es una forma de integración y reinserción al mundo social de los menores?

No es una forma sino que es una finalidad. El trabajo que hacemos es multidisciplinar y en red. Piensa que cada joven es atendido por una media de entre 5 y 7 personas que conformarán su estancia allí y los programas que hace, tanto en el ámbito educativo como laboral, social y psicológico. Todos estos programas que hará una vez ponga el pié en “Can Llupià”, cuando salga tiene que dar algun fruto. “Can Llupià” es una molécula viva que está cada día en acción y cuando un joven entra en el centro se ponen en marcha todos los mecanismos: qué tiene el joven, qué carencias, cómo podemos llenar ese vacío, qué medicamento necesita, qué le ha pasado según los estudios médicos o con el historial familiar, en qué momento se encuentra y qué necesita. Todo esto un joven de fuera no lo tiene, hay un trabajo, por supuesto, de bienestar social, pero la gente se dispersa, la gente cambia de ubicación y localidades. Yo tengo niños que han vivido dos años en un coche con su madre. Con todo este panorama que tenemos y que es real, y muchos más casos que os podría explicar. Estás cumpliendo una función que es tan global, transversal y multidisciplinar que cuando el joven sale está protegido con un envoltorio fantástico, después se tiene que continuar, bajo la supervisión de un técnico de medio abierto. No salen así como así y esto también lo tiene que entender la gente.

¿Cómo pintar el muro ayuda a los jóvenes en riesgo de exclusión?

Los menores parten de una situación física, psíquica y emocional devastada con lo cual sus referentes están destruidos. Por lo tanto, nosotros tenemos que iniciar este bagaje que no existe; muchos han abandonado la escuela en etapas iniciales de formación, otras no han ido nunca a la escuela. Tenemos que crear estímulos, alrededor de sus vivencias y nuestros referentes. El arte es libre y solo te pide ponerte a pintar y crear los llena al 100%.

¿Cómo has visto la implicación de los jóvenes de “Can Llupià” con el proyecto?

No ha sido fácil pero ha tenido unos resultados extraordinarios. Ahora mismo estamos a la 3.ª fase del proyecto y si hacemos un balance real, que se tiene que hacer con números y memorias, ha estado factible, ha funcionado y ha estado perfecto. Pero ahora vayamos a la parte emocional de un proyecto que tiene que dejar una huella, tiene que ser útil y tiene que servir, puesto que estos jóvenes se encuentran con una medida judicial de cierre, una edad muy frágil y con unas condiciones sociales muy vulnerables. En “Can Llupià” podemos tener perfiles muy variados de jóvenes desde aquél que ha llegado con una patera o ha atravesado el país bajo un camión hasta el joven de familia normalizada. Los primeros buscando una oportunidad para huir de la pobreza y con sus relatos son aterradores. A mí me gustaría que la gente pensara en la situación de estos jóvenes, unos menores solos de catorce años que hace años que dan vueltas por España o Europa. En ambas situaciones, un proyecto como este acompaña, crea vínculo y esto es muy importante cuando estás solo en un centro, aunque estés rodeado de profesionales y de personas que te acompañan como los maestros y los tutores, pero el joven está solo.

Todo lo que ha dado este proyecto y de la manera que se ha hecho con Setba, como lo hemos coordinado y todo lo que hemos añadido de plus, de música y danza, de pintura, de poner el arte a disposición de estos jóvenes ha funcionado perfectamente. Estos jóvenes necesitan esta brisa de aire de cultura, de pintura y otras maneras de mirar y hacer, y que además saca el mejor de cada uno de ellos porque se relajan y desarrollan aspectos que tienen y que ellos mismos desconocen completamente. Muchos de ellos cuando acaban te comentan que les encanta pintar, y que quieren seguir pintando y que incluso quieren ser artistas. “Que bien, como me gusta…” se han redescubierto ellos mismos y han redescubierto el trabajo colectivo fuera de aulas y esto es muy importante porque no es la parte educativa de currículum marcado. Es la libertad en un lugar cerrado, que a la vez es una contradicción que me encanta, libertad cuando estás rodeado por un muro que tiene mucha vida.

Con proyectos como estos, ¿se crea una necesidad positiva en los jóvenes que intervienen?

Con proyectos como “Traspassant Murs” creo que dejamos una huella, dejas una marca que está viva y latente. Los chicos siempre nos preguntaban: ¿cuándo pintaremos? ¿Cuándo vendrá Marcel·lí Antúnez? Pues se enfadaban si les decías que les tocaba hacer un taller y no podían pintar el muro.

Hay chicos que por el motivo que sea son trasladados a otros centros de Justicia, y lo positivo es que se llevan el muro de recuerdo, han sido protagonistas y lo comentan entre ellos. A veces preguntan si podrán volver a pintar el muro, si volverán a ver Marcel·lí o cuándo podrán volver a ver el que tocaba la darbukka. Lo tienen muy presente.

Durante el confinamiento me ha llegado un feedback muy positivo y quería compartirlo con vosotros porque me ha sorprendido enormemente. Los chicos de “Can Llupià” han hecho un video y en un fragmento ellos van andando junto al muro y lo van tocando, y a mí me caían las lágrimas de emoción. Ellos salen cada día al patio y ven este muro, que está hecho por ellos y que forma parte de su estancia en el centro. Es una imagen positiva que se llevarán.

Hay jóvenes que tienen estancias muy cortas, de dos o tres meses en el centro, pero ha sido un momento de impase muy bestia por “x” razones y que después se reinsertan, pero tienen el recuerdo de esta etapa que les sirve de reflexión, para mejorar y para ser mejor ciudadano en muchos casos socialmente y emocionalmente. Los que tienen familia no tienen tanto de problema. Si hay una familia, siempre hay apoyo.

¿Crees que el arte y la cultura pueden transformar la sociedad?

El arte es el agua de la vida y necesitas beberla. Cuando hablo de arte me refiero a música, danza, teatro, literatura, poesía… Todo lo que engloba a las bellas artes. Cualquier tipo de expresión libre, aquella que fluye de dentro es necesaria porque crea grupos, vínculos y tribus, crea gente que se encuentra en aquél punto donde pueden compartir, debatir, crecer. Es respirar y la prueba es que en las prisiones se hace arte. También, en los hospitales, en la calle… Es decir, es un vehículo de expresión y es una cosa de la cual nos tenemos que alimentar cada día. El arte es una arma política, así como la música, la pintura, los pósteres o los cuadros. Es la huella que dejamos cuando queremos protestar o reivindicar. Cualquier colectivo necesita un medio de expresión y por tanto, el arte es el camino. La cultura vive del arte, evidentemente, así también como la educación que forma parte de la cultura y que es totalmente necesaria.

El arte es cambiante, evoluciona y por tanto nosotros tenemos que ir cambiando con él. En el momento que nos encontramos, ahora más que nunca, el arte vuelve con fuerza para ser un nuevo instrumento de denúncia y exigir en el terreno de la justicia y de los derechos humanos. Hay mucho trabajo a hacer y muchas voces a escuchar, utilizando estos medios que nos da el arte y la cultura, la música, el cine, el video, etc. desde las revoluciones y conquistas sociales, y políticas desde el s. XXI.

Y por último, con qué personaje famoso, vivo o muerto, irías a cenar? 

Con uno es imposible, necesitaría mínimo cuatro o cinco. Por supuesto escogería a un artista, a un músico, a un humorista. Podría pensar en muchos. Añoro mucho al Pepe Rubianes. Con el panorama que tenemos, creo que sería fantástico. Vázquez Montalbán porque era un observador de la ciudad de Barcelona, tenía una mirada que me encantaba. Me gustaba como describía esta ciudad. Yo estoy muy ligada en Barcelona evidentemente. También pondría un filósofo, Foucault, me gusta mucho y siempre lo he seguido. Pondría alguna mujer escritora, gente que me aportara pero también pondría humor, y un músico seguramente. No quiero decir nombres porque hoy te diría unos y mañana otros.